● Llueve en noviembre y papá Jorge se quiere ir

 

● Llueve en noviembre y papá Jorge se quiere ir

                                                                                  

        Papá Jorge lleva varios días con una melancolía insostenible en el pecho. Sus pulmones quieren salir a volar sobre ese cielo nublado de invierno que ven sus ojos marrones desde la cama y a través de los cristales goteados de la ventana, con la intención de buscar desde el aire, su ciénaga, su tierra, su mar y sus costas. Todo aquello que al fin de cuentas le ha susurrado desde el fondo de su corazón, que sus raíces se quedaron sin un tronco a quien alimentar y que dejó abandonadas hace muchos años. Su memoria lo engaña dado que se dice a menudo que cincuenta años o setenta son los mismo, ya que no se acuerda realmente cuántos años hace que no pone sus zapatos sobre su Luruaco natal; aunque es posible que, si lo sepa, pero no me lo deja saber. 

Hace tiempo que la comida le sabe a nada, beber solo le sirve para quitar una sed inexistente, caminar un deseo doloroso y vivir: una carga que ya no quiere llevar sobre las espaldas. La penumbra de su habitación se ha convertido en una amiga acogedora que no desea otra cosa que darle ese descanso que no llega, por cuenta de una figura de ángel alado que se dibujó en el techo y alrededor del bombillo: difuso, ambiguo, andrógino y con un rostro algo malvado que se ha formado allí, producto de una gotera que no olvida el camino cada vez que llueve. La vida le pesa cada vez más, incluso más que los casi doscientos kilos que soportan sus huesos desde hace por lo menos quince años. Esos kilos de peso al fin y al cabo son apenas una molestia en su espíritu y eso a pesar de que una de sus piernas pide ser cortada por cuenta de una enfermedad llamada Filariasis Linfática que la condenó a la muerte hace tiempo y que él no ha querido y no ha dejado que la tajen con una cierra, disque para que no lo dejen incompleto para el día de su cita con su ciénaga.

Ha hecho una llamada, muy de madrugada. Ha llamado al de siempre, al viejo Macías. Èl, el que siempre lo ha llevado al casino a jugar bingo o a los caballos; él, el que siempre lo ha regresado a su casa con menos dinero entre los bolsillos; él, el que le ha alcahueteado alguna que otra urgencia de su entrepierna llevándolo a donde las putas; él, el que siempre lo ha llevado a media noche a pasar por el frente de la casa en donde vivió y vio crecer a sus hijos cuando todavía era un padre a carta cabal. 

Macías llega puntual; a papá Jorge la impuntualidad le produce una reacción alérgica en la cara y una piquiña insoportable en las orejas y él lo sabe. Es un anciano de aspecto enjuto y con un aire bonachón en los ojos, de manos grandes y manchadas en marrón, con el cabello raso, ensortijado y platinado. Don Macías le sonríe desde el carro mostrando los últimos tres dientes que le quedan. No lo afana, a sabiendas de que se tardará una eternidad en recorrer los seis metros que lo separan de la puerta de la casa hasta la puerta de su carro, menos se atreve a bajarse para ayudarlo. Le dice, luego de saludar y para que el barrio se entere a todo pulmón: qué si hoy tiene algún problema entre las piernas. Papá Jorge le responde mientras se deja caer en la silla, también a todo pulmón, que hoy el puto es él, ya que tiene una cita ineludible con aquella a quien nadie puede evadir y sin excepción que valga. 

El cielo comienza a desplomarse en goterones y las culebrillas de agua en el cristal de la puerta de papá Jorge juegan a buscarse y a separarse mientras caen. Macías de marcha a su Dodge y espera instrucciones. Papá Jorge tiene antojo de comerse un buen sancocho de Bocachico y tiene el deseo ardiente de beberse una buena garrafada de limonada ácida, y la única que se lo sabe preparar al gusto es doña Josefa en Flandes y se lo hace saber a su conductor y amigo. Tiene ganas de cantar Los cisnes (una canción compuesta por Ramón Carrasca cuya interpretación más conocida la hicieron tanto Silva y Villalba, como Garzón y Collazos, entre muchos otros con menos suerte) y así lo hace, con los ojos cerrados y con la cabeza recostada sobre el respaldo del cojín del Dodge Dart 75 de don Macías, unas veces para sí, otras para su amable conductor, mientras el vehículo rueda en camino a donde doña Josefa... 

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Ahora tiene el anhelo de revivir la navidad con sus hijas y se lo ha dicho a Macías. Pasan lento por el frente de la casa donde las vio crecer. La casa y su limonero están radiantes. La familia grita al son de esa entrega interminable de los regalos en medio de villancicos y con una mesa que soporta el peso de la nostalgia con el colorido de la comida, preferentemente preparada por las manos de Marina; su arroz con coco se luce en todo el centro de la mesa; las carimañolas no faltaron, el suero costeño tampoco, los buñuelos, preparados por papá Jorge se lucen con su pirámide acaramelada, las natillas, el pan de uvas no faltaron a la cita…. Papá Jorge escucha el nombre de su hijo menor en la voz de Marina y lo ve en rauda carrera por entre la multitud en pos de un regalo. Sus hijas Yaya y Ester cuchichean y con sus burlas sonrojan al recién regalado muchachito. 

De pronto el silencio, de pronto la soledad, de pronto la realidad. En el fondo, en la sala, sentada sobre su mecedora, la silueta sombreada de Marina se balancea con los ojos puestos en un televisor y papá Jorge llora sin lágrima alguna. La llama al celular. Le pregunta sin saludar que si fue buen padre, que si fue buen marido, que si fue buen hombre y ella le contesta sin dudar que sí. Se dicen algo que no escuchamos el viejo Macías y este servidor, a él la curiosidad no lo domina como a mí y me quedo, muy a mi pesar, sin saber de qué hablaron.

Papá Jorge le dice a don Macías que lo lleve de nuevo a Flandes; al Colegio Departamental. Èl no ha dejado de canturrear los cisnes y don Macías ya hace cara de aburrido: la canción le gusta, la interpretación de don Jorge es buena, pero no es buena tanta miel sobre la galleta porque deja de saber a bueno muy pronto, piensa el viejo, y yo me entero por la mueca en sus labios.

Una vez llegan al frente del colegio, Papá Jorge deja de torturar a don Macías con la muerte del par de cisnes por un minuto, lo que al viejo Macías se le hacen sesenta. Lo ve pensativo, lo ve viajando en otra nave que no es la suya, lo ve más viejo que nunca...

Papá Jorge ha regresado de un viaje del  que no sabemos nada y sin mediar palabra le cuenta a don Macías, algo que él ya sabe, que en ese colegio que tienen al frente, él fue el rector, y que en ese colegio que ahora están viendo con esa puerta que ahora más parece la de una penitenciaría, el infundio libertad, respeto, amor por el conocimiento; que en ese colegio que ahora tiene esos muros tan altos, alguna vez, hace mucho tiempo, la música no tenía nada que le impidiera viajar hasta el aeropuerto por cuenta de la banda y con sus muchachos en ella. Le menciona con el pecho inflamado que luchó por una cancha deportiva y lo logró, que se propuso que pavimentaran la vía al aeropuerto y así lo hicieron... Papá Jorge se queda de nuevo en silencio luego del recuento de su vida en la institución educativa que tiene al frente para luego continuar diciendo que como si eso fuera poco, allí se graduaron tres de sus hijos; la Chucula, Junior y Bam Bam y con la presencia de su General Gabriel París Gordillo, amigo de él y expresidente de este país, en uno de ellos y como si tal cosa fuese algo cotidiano en la vida de cualquiera. 

La lluvia se intensifica, relámpagos preceden una tempestad que se avecina, el parabrisas del carro se ve sometido a tanta agua que poco se puede ver al frente y a Papá Jorge eso le importa un comino, solo quiere que don Macías sepa que su pasión fue enseñar, que fue docente cuando educar consistía en lograr la excelencia y no ese remedo de enseñanza de hoy en día, en donde el alumno es un cliente al que hay que satisfacer a toda costa. Que su vida fueron sus alumnos. Que la razón de su existencia fue y está en el brillo de los ojos en los niños cuando él los ha hipnotizado con sus historias, y en la medida que ha tenido la oportunidad de recoger a un buen grupo de ellos en torno suyo para sembrar en ellos la curiosidad por el conocimiento. Le menciona con sorna que por algo será que los adultos le caen mal, pues según él, estos se han olvidado del poder que tienen la curiosidad y el asombro, antes de guardar silencio una vez más...

—Ahora llévame a la clínica de especialistas, mi querido Macías —le dice papá Jorge a su amigo y confidente; saliendo de un trance momentáneo—. Se me está haciendo tarde para la cita que tengo con Virgilio, y esa cita sí la llevo esperando hace varios años—. Macías no le entiende, pero obediente él, toma rumbo al destino solicitado...

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Llueve en noviembre y es de madrugada. Papá Jorge se ha ido para siempre a bordo de la barca que conduce su poeta predilecto.

 

Jazòn

Jaime Zàrate León

Noviembre 24 de 2022 ®

 

 

 

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