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● Al fin de cuentas, que venimos siendo

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    ● Al fin de cuentas, que venimos siendo             La madrugada está más fría que de costumbre y no he podido dormir. En estos días estuve de testigo mudo en unos asuntos del Paparote del Ramiro, y esa faena me ha dejado un par de billeticos morados; con ellos he tenido suficiente para comprar una buena ración de porritos y si no fuera por estos, ni aguantar podría este cambuche de plástico, cartón y papel periódico. Como es domingo, la gente que trabaja fuera de la ciudad escasea en el andén; no hay buses blancos, de los mismos que maneja el Ingeniero —otro Paparote—. No está el que despincha bicicletas, no hay Paolas, es decir, no hay tinto, no hay bulla bajo el puente y, como está provista mi necesidad de echar humo, pues no tengo que ir a buscar restos de cigarrillos regalados. He decidido entonces, escribir la siguiente historia. No meto la mano al fuego por lo que he de escribir, no le sostendré a nadie lo que en...

● La pandilla de los rizos de plata

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      ● La pandilla de los rizos de plata                     En una esquina del parque, justo frente a la cafetería de doña Ignacia, me he encontrado con Luis. Voy a verme con Amelia y como no tengo afán acepto la invitación de mi exsocio a tomar un tinto. Los tres pasos que no separan de la entrada son franqueados en segundos. Doña Ignacia me saluda de forma efusiva.          ―Qué gusto verlo, Jaimito. Te imaginaba pasándola bueno con ese billetico que les pagó don Fermín―. La mujer no espera mi respuesta y se pierde en el interior del establecimiento, mascullando entre dientes algo incomprensible.           No veníamos desde aquella tarde nefasta del mayo pasado. Tres meses han pasado. Mientras nos tomamos el tinto, recibo una llamada de Amelia anunciando que se va a tardar; su madre to...